Localismo en el Surf

Guillermo había surfeado desde chico. Su sueño era ir a Hawaii y saborear – aunque fuera una sola vez en la vida – las azules olas del Pacífico. Ya casado y con hijos, junta dinero y ganas y con dos amigos de la infancia salieron en busca del paraíso. Vieron y visitaron varios lugares de la costa norte, ésas que habían visto sólo en postales. Su entusiasmo y alegría no tenían límite, el sueño hecho realidad. Pero Guillermo era “goofy” y su obsesión era la famosa ola de Pipeline. Muchas veces, mirando las fotos de la inmensa oquedad de la ola norteña, se imaginaba dentro, volando, circulando en el vapor y la adrenalina. Y allá fueron, aparcaron al lado de la famosa cabaña de Gerry López y se fueron al agua. La ola estaba perfecta para turistas: un metro y medio, poca gente y amigos. Todos los planes cerraban ese día, podía volver a su tierra y morir tranquilo, se había cerrado el círculo.

Después de unas cuantas olas de locura, en un respiro, mientras admiraba el verde perfil de pandanas y cocoteros, Guillermo se encuentra de golpe bajo el agua. Algo lo había golpeado, como caído del cielo, algo GRANDE. El golpe vino de costado, un isleño enorme – los dedos como chorizos dijera luego Guillermo – al pasar remando junto a él, lo volteó como un pato de tiro al blanco. PUM y abajo. Sus amigos medían las posibilidades: ninguna. Tres para cada uno y pesados. La única posibilidad era la retirada, cuanto más rápida mejor.

En el parking, los estaban esperando un nutrido grupo apoyados en su coche. “Este lugar es mío, estúpido turista”, le dijo un mocetón bajo pero doble ancho. Los demás isleños comenzaron a cerrar el círculo previendo la estampida. Empujón va, empujón viene, les esperaba una carnicería. Guillermo, genialidad pura, opta por decir la verdad.La pura y simple verdad. Chapurreando su limitado inglés: Mira, toda mi vida he soñado con tu paraíso. Ahora, soy feliz y dichoso por estar aquí, todo es demasiado bonito. Te pido perdón por haber ocupado tu plaza de parking. Realmente admiro vuestras olas y surfistas, por favor, déjame disfrutar de tu isla y sus olas. Fue como si apretaran un botón mágico, el líder se adelanta y ofrece su mano abierta (tan grande como la que lo volteó) y sonriente dice: Hey, hermano, no hay problema, la isla es tuya, pero no aparques en mi plaza.

De retorno al hotel, brindaron con cerveza por haber nacido otra vez.

Playa “ X “. Día malo de olas. Olas desordenadas en la orilla y peores adentro, pero después de una semana de sequía, todo servía. Ramón, Alexis, Marcos y unos cuantos compartíamos las esquivas olas de la playa. Al rato, llega otro y empieza a adjudicarse las olas antes de cogerlas. Apenas asomaban en el horizonte, la cantaba y la cogía. No importaba si ya alguien la había cogido más adentro y la venía surfeando. Él reclamaba la ola y se lanzaba también. Rozó una con Alexis, reclamos y gritos, Ramón interviene, insultos de vuelta, un coro de improperios y tensiones. La paz perdida…..y gritaba el tipo: Yo soy local aquí y he surfeado en Hawaii y California!!!……No llegó a mayores porque todos, incluso este personaje, antepusimos el verdadero espíritu del mar. Olas para todos, no importa quién, libres, gratis, a disposición y con respeto. YO CEDO, TÚ CEDES, TODOS GOZAMOS.

El llamado “localismo en el surf” es una realidad en la mayoría de los surfing spots (rompientes) del mundo. Ni bien cae un extraño al agua, se le mira de reojo, se le aisla y si se puede se le ahuyenta y hasta se le golpea. Posiblemente él, su tabla y hasta su coche salgan maltratados. “No vengas más aquí”.

Parece ser que nuestros cuerpos no terminan en nuestra piel sino medio metro más allá. Todo un sutil lenguaje corporal defensivo se despliega cuando alguien o algo foráneo invade nuestra zona y como individuos proyectamos y delineamos nuestros territorios.

Sin embargo, el “localismo surfero” no proviene de nuestras idiosincrasias biológicas o políticas, sino mas bien de transpolarizaciones culturales. Como casi todos los pueblos hemos heredado el surfing de Hawaii, heredamos consiguientemente sus connotaciones periféricas, moda, parafernalia, etc… Todo el paquete. Como el aborigen hawaiano debe – justificadamente o no – odiar al invasor que engañó, violó, enfermó, mató y sometió a sus antepasados y hostilizan a los descendientes que llegan hoy a surfear a sus preciosas playas, nosotros también les imitamos y hostilizamos a los surfistas visitantes, cuando vienen a “nuestra” playa………¿Nuestra?.

¿Por qué? No sabemos bien por qué, pero lo leímos en alguna revista de surf y como es típico de las subculturas, también gruñimos, mostramos los dientes y pegamos. Aún a los de nuestra propia tierra. Quizá fuimos a Brasil, Australia o California y nos trataron así. La venganza tarda pero llega. ¿ Por qué la mayoría de los surfistas debemos aceptar prototipos de otras latitudes? Estereotipos fabricados, vendidos y exportados, pero que no son nuestros ni del auténtico surfing. ¿Por qué perder la originalidad y genuidad de nuestros pueblos y comprar un surfing de papel? ¿ Por qué agredir cuando lo natural es saludar, sonreir y abrazar?

Cuando “cazamos” olas en costas lejanas… ¿Respetamos límites, costumbres y personas o somos prepotentes, interferimos y contaminamos? ¿Cuando recibimos “indios” en nuestro terreno que imitan lo que hicimos allá lejos, hostilizamos y pegamos? EL VERDADERO SURFISTA RESPETA CUANDO ES NÓMADA Y CONCEDE CUANDO ES LOCAL.

Cuando alguien toma o coge la ola en la rompiente, por cierto que es “suya” la ola, es el que arriesga. Disfruta tanto él como los que le observan. La próxima ola “será” de otro y de otros más. Pero permítanme decirles que NADIE es dueño de las olas. Las olas no tienen amos, como tampoco los tienen el sol y los vientos que las empujan. Estuvieron antes que nosotros y de seguro, estarán después, mucho tiempo después de que nosotros hayamos desaparecido. La verdad muchachos que aquí, todos somos invitados. No propietarios. Somos espectadores de un gran acto. Las olas no son nuestras, nosotros somos de las olas.

Si hay un principiante, enseñémosle. Si hay un desubicado egoísta en la rompiente, se le tiene que convencer de que debe fluir con los demás o irse. El buen surfista siempre encuentra sus olas, antes o después de los más violentos.

Siempre recordaré a “X”, extranjero pero hawaiano del alma. Lo conocí en la rompiente de Ala Moana (Hawaii) cuando trataba desesperado de ubicarme. Me sonrió y me dijo “aquí”. Un rato después, “ahora!!” y el “ahora” se convirtió en una de las olas más alucinantes de mi vida. Atrás, en la otra, vino él, entubó y cortó aullando sobre la cresta….casi aplaudo….pero aprendí de él, el arte de compartir.

Que no existan xenofobias, nacionalismos, localismos ni fascismos de ninguna clase entre las olas. Dejemos eso para los que en eso creen. BASTANTE TENEMOS CON VOLVER A PISAR LA ARENA……pero allá adentro, vivamos el arte de compartir.

Bibliografía: He’enalu (Surfing), el juego en las olas. Profesor Ariel González Testén.www.lasdunassurf.escueladesurflasdunas.com/monitores-de-surf.php

What's your reaction?
0Cool0Bad0Lol0Sad

Leave a comment